Ánima de Liz Celaya, escritura entre sueños

*La antropóloga Liz Celaya recorrió comunidades, tocó puertas, escuchó silencios y creó  cuentos que cruzan montañas, pueblos y habitaciones donde el tiempo se detiene

Jaime Carrera

Puebla, Pue.- Liz Celaya escribe desde los pies cansados de caminar veredas, desde la memoria de una casa antigua, desde el olor a copal y la textura de un muro húmedo. Escribe desde un cuerpo que ha soñado y ha visto cosas que no todos se atreven a mirar. Así nació Ánima, su primer libro de cuentos.

Antropóloga de profesión, doctora en estudios socio-territoriales, durante años recorrió comunidades, tocó puertas, escuchó silencios. Empezó a hacer trabajo de campo desde 1996, ha recorrido casi todo el país, pero un lugar que la cautivó fue la Sierra Norte de Puebla.

Siempre llevaba consigo dos cuadernos: el diario de campo, y otro, más íntimo, más secreto, que comenzó a escribir por sugerencia de un Marakame huichol (un guía y un intermediario entre el mundo humano y el mundo espiritual). Así, entre anotaciones científicas y visiones nocturnas, fue armando algo que no cabía en el lenguaje académico.

Ánima surge de lo que no se dijo en voz alta, de lo que quedó entre líneas, de lo que el cuerpo recuerda. Son cuentos que cruzan montañas, pueblos y habitaciones donde el tiempo se detiene. Hay en ellos médicos tradicionales, lluvias que hablan, muertes que enseñan, sueños que avisan. Hay también un pulso constante por lo invisible, por lo que se huele antes de entenderlo, por lo que se toca con el alma.

“Quería que fueran cuentos que se sintieran con el cuerpo”, dice Liz. Y así se leen: como si una mano tibia nos guiara por senderos que no aparecen en los mapas. Su escritura tiene esa cualidad de lo vivido, de lo heredado por la sangre y por la tierra.

Todo esto no es extraño: creció en Cholula, ciudad sagrada, cuando los niños aun podían meterse a los túneles de la pirámide. Dice que esa infancia fue libre y onírica, y que también ahí se sembraron imágenes que hoy florecen en su pluma.

Ánima no es solo una colección de cuentos: es un cuerpo compuesto por sueños, caminos, ofrendas y palabras. Tiene algo de rito, algo de revelación. Está escrito con la tinta de quien hace tangible lo invisible.

A quienes comienzan a escribir o a leer, Liz les deja una consigna simple y profunda: “Atrévanse a soñar. Soñar es el primer paso hacia otros mundos”. Porque al final, eso es Ánima: un conjuro narrativo para seguir soñando con los ojos abiertos.

Liz cuenta ya con varias publicaciones académicas, pero esta es la primera vez que salta del rigor científico a la libertad de la literatura. Y ese salto, dice, fue tan natural como necesario.

Su gusto por las letras, dice, parte de las lecturas de su padre. Creció rodeada de literatura rusa. De ahí su gusto por las descripciones profundas, por los paisajes emocionales que se descubren al tocar una pared o al mirar una grieta. “Todo evento puede convertirse en un paisaje que debe conocerse con el cuerpo, la mente y el espíritu”, añade.

Ánima es un libro accesible, que se lee con fluidez, pero que deja resonancias. Hay en él entornos urbanos, rurales y oníricos; encuentros con lo sagrado, con la muerte, con el linaje, con el cuerpo. Es, en el fondo, un libro para cualquiera que quiera soñar.

“Regalen un libro, siempre. No importa la edad, hay que sentarse a leer, cómprate un libro, hay libros baratos, lean cosas baratas, caras, sigan comprando libros, es una gran inversión para la mente y para la vida”.

Actualmente, Ánima se puede encontrar en librerías Cholollan, León, Inédita y Terraformar, en Puebla. Y mientras se abren más caminos de escritura y de lectura, Liz sigue siendo ese puente entre mundos que se extinguen y voces que aún susurran desde la montaña, desde el sueño, desde la palabra.

 

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